Está reseco y descolorido. Lo frota con finura. Entre índice y pulgar. No deja de mirarlo. Algo golpea su estómago. Con fuerza. Zarpazos intestinales. Rugidos. La fiera revolucionaria. Se conmueve, no puede ser de otra manera. Qué presidente tan audaz… Es desconcertante. ¿Remordimientos, hambre o emoción? Quizá sólo apetito. No puede considerarse comida. Sí, es orgánico, pero no comida. Dejan que le reelijan o Bolivia se desploma. Es indispensable. De entre diez millones, sólo él podría hacerlo. Ahora, si muere de hambre… Qué aburrimiento. Lo vuelve a mirar, tan manoseado… Casi una esfera perfecta. Diminuta. Quién lo notará. Nadie. Es por tener algo en la boca. ¡Por fin! Le han hecho caso. Qué orgullosos estarán. Ni el Che. El índice lo catapulta fácilmente. Ya no es pegajoso. Ni necesario. Hoy toca plato paceño. En la inmensidad del palacio presidencial, ya nadie atenderá a un pequeño moco perdido.
Léelo con una mano en la panza y la otra, de proceder, en los cojones.
Mi nombre es Bob. Me llaman Bobby pero eso es sólo una broma porque peso 180 kilos. Cuando viajo en metro pago el doble porque ocupo un asiento y medio. Un amigo cabreado -y rollizo como yo- se queja de que los gordos pesamos más pero no por eso somos más ricos. Vivo en un cuarto piso y cuando alguien intenta subir conmigo en el ascensor, sudo muchísimo porque hay poco sitio y porque me preocupa incomodar a mis vecinos. Me ducho por las noches pero me cuesta jabonarme en zonas como la espalda y otros sitios. He aprendido a ser feliz a pesar de todo. Las chicas no me quieren pero de vez en cuando llamo a una de pago. Alguna vez se han negado rotundamente pero casi siempre que he ofrecido más dinero han aceptado cumplir con el servicio. El año pasado intenté operarme por la seguridad social pero los médicos me dijeron que primero dejara los diez donuts del desayuno y que entonces quizá podríamos hablar de bisturíes. Me parece divertido que ahora los periódicos se metan con los gordos de primera división como yo, sin ni siquiera distinguirnos de los gorditos de barriga cervecera de toda la vida. Y aunque hablen mal de nosotros, hablan, que ya es algo. Es una forma más de salir de mi anonimato, de normalizarme y de allanar mi camino hacia la fama y la felicidad. De todas formas, que les den a los periodistas y a los médicos, porque me pienso comer diez donuts todas las mañanas, cueste lo que cueste, pese a quien le pese...
Hola Álvaro, También lo siento, espero que tengas suerte en este jodido bache. Por cierto, menudo partidazo. ¡3-0! Yo también lo he visto, aunque mi tele era un poco mejor... xD Mañana hablamos,
Todd (creo que voy a jubilar este nick...)
P.D.: ¡He conseguido conexion wifi y una PDA moviendo algunos hilos!
From: Álvaro I.G. [nanysex@gmail.com]
Sent: miércoles, 26 de junio de 2008 20:32
To: Eduardo S.M. [todd@hotmail.com] Subject: Fw: Fw: ¿De qué vas?
Ok, creo q t entiendo. Lo mejr será q hagams eso. Ultimamnt no sé q m pasa, lo siento. No m djan star casi nada n la sla d ordnadors. M vy a ver el partido d españa, ns han djado vrlo en una salita cn una mierda d tele d 16 pulgadas. Q tngas suerte.
From: Eduardo S.M. [todd@hotmail.com]
Sent: miércoles, 26 de junio de 2008 20:17
To: Álvaro I.G. [nanysex@gmail.com] Subject: Fw: ¿De qué vas?
Hola Álvaro, No sé qué decirte la verdad, estas dos semanas han sido muy raras... De todos modos, todavía no me creo que esto esté pasando. Mi abogado ha dicho que el numerito del perdón que he montado hoy fue idea mía pero la verdad es que lo teníamos todo pensado. Nos han trincado nany, no le puedo hacer nada por muy cabreado que estés. Todos estamos jodidos, hundidos hasta el cuello, no sólo tú. Así que no entiendo a qué cojones viene que te mosquees conmigo. ¿Ahora quieres que piense en los demás? ¿Quién nos metió en todo este lío? ¿Te lo he echado alguna vez en cara? Mira, a mí siempre me gustó todo lo que me pasabas desinteresadamente, te lo agradeceré siempre. Disfruté y pasé momentos que no olvidaré. Nuestro mundo es algo diferente, especial. Estábamos en nuestro derecho, pero la gente no lo entiende, tienes razón, y contra eso nosotros no podemos hacer nada. La sociedad no está preparada para entenderlo. Creo que lo mejor será que aparentemos lo que no somos, que nos hagamos los arrepentidos, los locos, lo que haga falta. ¿No lo entiendes? Es lo mejor. Cuando todo esto pase, las cosas volverán a ser como antes y todo este lío sólo será un mal recuerdo.
Un abrazo,
Todd
From: Álvaro I.G. [nanysex@gmail.com]
Sent: miércoles, 26 de junio de 2008 19:22
To: Eduardo S.M. [todd@hotmail.com] Subject: ¿De qué vas?
Edu, de q vas? q pretndes? M ha parcido muy bonito todo eso de pedir perdón a "las victimas, a sus familias y a la sociedd". Pro q t crees? Q la gente es tnta? Y encima m dejas mal a mí y al resto del grupo. Cuando tocabas a esas niñas y t la meneabas delante de la pantalla no parecias tan arrepntido. Pr q ahora tienes qe arrpntirte? q daño hacias? tu parec q stas mnos trincado q los dmas, pro si siges pr ese camino, escuchame cabrn, les enseño ls videos q tdavia no han ncntrado. Esty asqeado de tdo esto. Tdo l mndo ns odia y ahora tu intntas traicionarnos asi. A ti t caeran pcos añs. A mi, si se creen q sty loco, tmpco muchos mas. Cuand salga d sta espero pr tu bien q no hyas frmado familia...
Lee esta entrada y, por una vez, lee la noticia original cuando llegues al final.
Creo que le daba asco a la gente. Mi físico endeble, los jerséis de punto de mi abuela, las incesantes erupciones volcánicas de mi cara, la siempre reluciente alambrada de mi boca, el odioso parche para curar mi ojo a la virulé, mis bocadillos de mortadela barata, mis gafas de culo de vaso… supusieron obstáculos insalvables para un tipo tímido como yo a la hora de hacer amigos. Siempre quise querer y ser querido, pero nunca lo logré. Algunas chicas me miraban con aire curioso, otras no podían evitar arrugar la frente al cruzarse conmigo, otras cuchicheaban pensando que no me daba cuenta de lo que decían, otras me señalaban directamente sin importarles lo que yo sintiera. De vez en cuando, alguna me dirigía una sonrisa amable, alguna incluso me regalaba un fugaz “hola, ¿qué tal?”. Pero todas, absolutamente todas, acababan huyendo al instante, ninguna se detuvo jamás para hablar de verdad conmigo -no fuera a pensar alguien que se mezclaban con un tipo raro-.
Hace ya mucho de eso, tengo treinta años, ya no soy aquel niño solitario, pero hasta hace poco, nunca he tenido a nadie a quien querer. Ahora, sin embargo, tengo a Ema. Vive conmigo, en casa de Mamá. Es la primera mujer a la que he besado. Me corresponde a todo sin pedirle nada a cambio. Me dice muchas cosas bonitas, sí. Parece preocuparse por mí y decirme todo lo que cualquier hombre querría oír de una mujer. A veces hasta me baila. Ema es fantástica, maravillosa, aunque, de vez en cuando - no se puede tener todo-, parece un poco fría.
Le he preguntado a Mamá a ver que qué tal le parece y me ha dicho que es “voluptuosa y manejable” pero que no me encariñe demasiado con ella, que nunca se sabe. Es una respuesta extraña, pero es que Mamá siempre esquiva las preguntas así. Para mí que está un poco celosa, no le gusta que su hijo por fin haya encontrado besos distintos de los de una madre. Me da igual, por una vez estoy contento. ¿Qué me importa lo que piensen los demás?
Lee esta entrada recordando lo que es el efecto dominó. Si después de leerla crees que te convence el catastrofismo, te recomiendo la novela Ravage de René Barjavel.
9 de julio de 2008: hoy hace un mes que comenzó la huelga de los transportistas. El Gobierno no ha querido ceder a sus presiones y la situación se les ha escapado de las manos. Los sindicatos han elevado el tono de sus reivindicaciones y ahora exigen, además de la reducción de los precios del Gasoil, que se les compense doblemente por todos estos días de huelga. El Gobierno no puede pagarles, estamos en crisis, no hay dinero. En Francia, Portugal, Italia y Bélgica están en una situación parecida. La segunda semana de huelga, un juez español ordenó que se cumplieran determinados servicios mínimos para abastecer a la población pero los piquetes no lo han permitido. Ningún camionero se atreve a salir a la carretera. Hay casi una ley marcial. Las fuerzas de seguridad del Estado no pueden hacer nada ante la estrategia prácticamente guerrillera de algunos camioneros. Nada funciona. Todo está paralizado. Hace ya tres semanas que no puedo ir al trabajo. Me he quedado sin gasolina. Tampoco hay transporte público, claro. Todo el mundo está igual. El metro dejó de funcionar hace dos semanas porque era imposible que todo el personal se desplazara diariamente hasta el lugar de trabajo. Además, tampoco hay electricidad desde hace cinco días. Supongo que las estaciones eléctricas también tienen empleados sin los cuales no pueden funcionar, como todo. De todas formas, no sé cuál es ahora mismo la situación general porque tampoco hay ni televisión ni periódicos ni radio. El teléfono fijo funciona y el móvil creo que de momento también, pero yo no tengo batería. Por ahora seguimos teniendo agua, aunque hay cortes intermitentes cada vez más frecuentes. Aún tenemos comida (pasta y arroz principalmente), que cocinamos en la vieja cocina de butano de mi abuela, que vive al final de la calle. La pobre está muy mal, no toma la medicina desde hace seis días. Hay algunas personas desesperadas. Sólo me muevo por mi vecindario, porque no tengo cómo ir a ningún sitio, pero últimamente procuro no salir mucho de casa, las cosas se están poniendo muy feas. A veces, desde mi ventana, veo cómo destrozan a martillazos la verja de alguna de las pocas tiendas que aún quedan intactas y se llevan lo que les quepa en un carro. El otro día vi cómo uno de esos saqueadores acababa apuñalado después de una trifulca por una caja con comida. Hoy mismo he tenido que pasar la noche en un hospital saqueado que se mantiene sin luz, sin agua y sin medicinas. Unos escasos médicos pasan día y noche allí, hacen lo que pueden con los enfermos. Claudia, mi hermana pequeña, diabética, después de ocho días con las farmacias cerradas, murió en una de las camas de ese hospital. Espero que esto acabe pronto.
El agua lo anegaba todo. Es curioso, pero todos los años, desde el primer día que fui al colegio, había rezado para que las calles se inundaran, las clases se suspendieran, los autobuses se cambiaran por góndolas o vaporettos... Lo tenía todo muy bien planeado. En mi terraza instalaría un trampolín olímpico para ahorrarme bajar en ascensor los siete pisos que dura todos los días la conversación desaborida con mi vecino. En el portal guardaría una lancha motora y unos esquíes acuáticos. Cuando me aburriera del esquí, me dedicaría a pescar mugles que estofaría para los invitados inoportunos. La basura la tiraría por la ventana y la corriente la haría desaparecer. Con suerte, alguno que me sé desaparecería absorbido por algún torbellino imprevisto. Los atardeceres los pasaría con alguna mujerzuela sin tapujos dispuesta a refregarse conmigo en una romántica balsa sacada del Retiro. Pero justo hoy, cuando por fin alguien ahí arriba decide que el cielo se enfurezca y los ríos se desborden, es cuando menos lo deseo. Encaramado en la cima de un árbol, agarrándome a una rama, pido auxilio desesperadamente. El agua está sucia y espumosa, trae troncos y escombros; de vez en cuando, algún animal muerto. El olor es nauseabundo. Las corrientes amenazan con ahogarme y nadie puede hacer nada por mí.
En ese baño destartalado, recuerdo de la Serbia de Milosévic, unos azulejos blancos devolvían hasta la bañera la luz parpadeante de un tubo fluorescente. Rodolfo, sumergido hasta el cuello entre espuma y sales, prácticamente no veía; su peculiar flequillo, mojado, se había desmoronado sobre sus ojos. El cantante mantenía en alto sus brazos, que sostenían temblorosos, fuera del agua, a su eterna amiga Luciana.
Había fallado. Llegó a convencerse de que ganarían, él y Luciana, Luciana y él. ¿Cómo pudo estar tan ciego? Siempre confió en que su bailarina, aunque tan torpe en los ensayos, conseguiría esta vez, gracias al apoyo del público, mantenerse en pie y no enseñar las bragas. Pero se cayó, como de costumbre, y todos le vieron el pompis. La gente les abucheó malvadamente. Les silbaron. Les insultaron en idiomas ininteligibles. Ningún país les votó como favorito. Sí, bueno, Andorra, pero…
Las sales picaban, las lágrimas desbordaban la bañera y los pelos abatidos sobre su cara desenfocaban más aún su visión de la escena. Chiquilicuatre cerró los ojos. Luciana y él, él y Luciana, darían fin a esa eterna vergüenza. Saldarían su deuda con España. No dejaría ninguna carta de adiós, nunca supo escribir. Lo sentía por Buenafuente, él sí le había querido. Las pilas alcalinas Duracell de Luci, mezcladas con la espumosa agua de esa estrecha bañera, descargarían la tensión suficiente para dar eterno descanso a los dos artistas. En esos dramáticos momentos Rodolfo se horrorizó al tararear, durante unos segundos, de forma inconsciente pero absolutamente clara, el estribillo del Lalalá. No pudo aguantar más: aflojó las manos y dejó que Luciana se hundiera poco a poco en la espuma...