Nunca me había sentido atraído por las vanguardias tecnológicas, de hecho, pocas veces hacía uso de Internet. No lo necesitaba para el trabajo, ni para relacionarme con los demás, si bien es cierto que estas dos virtudes nunca me parecieron que encajaran conmigo. Pero, un día muy normal, y cuando digo normal me refiero a que no sucedía nada que no hubiera visto antes, y debido a mi repentina iniciación a la música, o más bien al gusto musical, encendí el ordenador y siguiendo las instrucciones de un amigo, y cuando digo amigo (…) me decidí a registrarme en un programa para bajarme música. Pensé en un nick, escribí más tarde mi nombre con un apellido, y puse mi fecha de nacimiento, once de junio de 1981. Sin duda esa era la fecha que venía en mi DNI, y era el día en el que llevaba toda la vida celebrando mi cumpleaños, aunque hacía ya muchos que no los celebraba. No fumaba, pero en ese momento pensé que lo hacía, llené la pantalla de humo, y esperé hasta que minutos mas tarde, o tal vez fueron horas, el humo fue desnudando la pantalla y apareció ahí, de nuevo, cuando yo pensaba que ya se había ido: once de junio de 1981. Y volví a pensar, este es el año en que nací, cuando celebro mis cumpleaños, aunque hace ya unos cuantos que no los celebro. Pero, al mismo tiempo esa fecha me resultaba totalmente extraña: ese día yo no había nacido. Estaba seguro de que estaba poniendo la fecha en la que había nacido otra persona, y cuando digo esto no me refiero a que supiera que en esa fecha habían nacido más personas, eso era obvio. Sabía quién era la otra persona, pero no su nombre, ni conocía su rostro, ni su voz. Lo que estaba claro es que en esa fecha yo no había nacido, si es que de verdad lo llegué a hacer en algún momento.
viernes, 22 de mayo de 2009
Primer juicio en España contra el creador de varios programas P2P
miércoles, 29 de abril de 2009
The woman who can't forget anything

enlace a la noticia
El sabor de la col, la risa de la profesora de música, el número de tortitas del cumpleaños del vecino, el olor a caballo de aquella romería, los monos del zoo, las películas del canal local, el click de la grapadora del despacho, el ruido de las tubería rotas, la bronca de mi padre por mearme encima, el curioso caracol que pisé en verano, el crujido de su caparazón, las cates de mates, la sensación de agobio de la nariz taponada, el sabor amargo de los chicles con sabor a volcán, los primeros granos, todos lo granos, las payuelas, las discusiones de mis padres, la lengua aspera del primer beso, el ruido de cada gota de lluvia contra la ventana, aquella diarrea, el compendio de todas las diarreas,los insultos recibidos, y los lanzados, la discusiones de los japoneses del museo, la hormiga atómica, el sentido en el que giraba la peonza, sus colores, los puñetazos recibidos, los pinchazos en el culo, el palito en la boca del médico, la misa de la comunión con todas sus oraciones.
Por favor, dadme esa pastilla de la que estábais hablando.
La croaca, 29 de abril de 2009, Trier.
viernes, 6 de marzo de 2009
Prostitutas con licencia; clientes clandestinos
Léelo como si el Rin fuera el Missisipi y escuchando
Huck´s tone. Luego vete de alterne.
http://www.youtube.com/watch?v=gcYpESn8Ako
Una prostituta (Berry) y una abogada (Huckle) recorren el Rin en hidropedal.
Capítulo 8: Durmiendo en el bosque-Levantando la muerte- ¡Vigila!- Explorando Francia- Un sueño provechoso-Buscando a Berry- La huida de Berry- Señales- “Esa puta barata!” El sueño de Holanda
El sol se encontraba en su punto más alto cuando me desperté, y pensé que serían ya más tarde de las ocho. Me tumbé sobre la hierba pensando en algunas cosas. Me sentía descansada, bastante cómoda y, de alguna manera, satisfecha. Berry se encontraba arreglando el hidropedal. Lo tendría listo para la noche. Yo por mi parte le daba vueltas a todo lo que había dejado y me había tenido atada durante tanto tiempo, dándome cuenta de que ese todo lo hacía el subnormal de mi jefe casi él solito. Recuerdo días enteros en la oficina del bufete encargándome de las demandas que a él no le interesaban, lo que en algunos momentos llegaba a ser el total del trabajo de nuestra pequeña y luminosa oficina. Si es verdad que tenía una luz que casi te hacia arrugar la cara, pero yo lo que dejo atrás es oscuridad. El Rin me aleja de ella.
Mentiría si dijera que no llegué a pasar buenos momentos con él. Sobre todo al principio porque él me enseñó mucho de lo que ahora sé. Hacíamos buen equipo. Yo era dócil, ingenua y atenta. Él era rápido, inteligente y experimentado. Pero el alcohol le fue quitando todo eso, y lo fue matando poco a poco. Matándolo hasta el punto de que mi jefe estaba muerto. Un muerto que me intentaba acosar sexualmente, una especie de necrofilia a la inversa, y que además me obligaba a hacer todo el trabajo de aquel cementerio. Claro, los muertos trabajan en los cementerios, todo el mundo sabe eso.
Cuando decidí dejarlo todo, simulé mi propia muerte para que mi jefe me dejara de buscar, aunque estoy seguro de que lo sigue haciendo, ofreciendo incluso algún tipo de recompensa si me encuentran, viva o muerta. Esto a él, como difunto, y como es normal, le da igual.
Berry me había acompañado casi desde el principio. Ella huía, sin embargo, de algo muy distinto. No aguantaba las trabas que le impedían trabajar con normalidad. Quería llegar hasta Holanda, donde la prostitución se encuentra en el terreno de la legalidad y cotiza en la Seguridad Social. Con toda mi vida vinculada al derecho siempre he considerado la prostitución como un ataque contra los derechos humanos, y sobre todo contra la mujer. Pero con todo el tiempo que hemos pasado juntas me he dado cuenta de que su caso poco tiene que ver con el de las mafias que someten a las chicas que llegan del este. Quizá mis años en la oficina tuvieron más que ver con la explotación que la vida profesional de Berry, a la que simplemente veo como alguien con la moral distraída.
viernes, 18 de julio de 2008
"Juró por su madre que no se dopó"

Tomé el último trago que me ofrecería aquella botella de Jack Daniels que ahora se tambaleaba encima de la mesa de cristal de la salita. Me había cagado encima. Sí. No lo podía negar. La bola maloliente que recorría mi parte anterior del muslo izquierdo había salido directamente desde mis intestinos dispuesta a ver mundo. Comencé entonces a balancear mi cuerpo hacia delante y hacia atrás, hasta que mi cabeza topó con el pico de la mesa y rajó mi ceja con precisión de cirujano. Lloraba. Claro que lloraba.
El culotte ajustado me apretaba los huevos y exprimía la bola de mierda que unos minutos antes me había encargado de producir. Las lágrimas se mezclaban con la sangre que brotaba de mi ceja e iba a desembocar a la comisura de mi boca dejandome probar aquella mezcla salada con sabor a perdedor; con sabor a embustero; con sabor a fracaso.
Con el Jack Daniels circulando por mi cuerpo cogí la bicicleta por última vez. Esta vez no era para ganar el tour, ni para entrenarme, ni para ponerme a prueba… Me dirigí hacia la salida de la Autoroute A43 y la abordé en sentido contrario. A modo de funambolista avancé sobre la línea discontinua del medio: me pasó un coche (había traicionado mi futuro), me crucé una moto (había mentido y encima lo había jurado por mi madre); y me pasó otro coche, esta vez por encima.
La croaca, Fuengirola, 18 de julio de 2008
sábado, 28 de junio de 2008
La relación sadomaso es la más democrática

Léelo rezando un padre nuestro
Había ido hasta allí, y ahora parecía que para nada. Ni uno de los asistentes se decidía a levantar la mano, y a mí, como era de esperar, me daba una vergüenza terrible. Nunca he sabido llevar la iniciativa ni presentarme de voluntario para algo. Desde pequeño siempre he intentado pegarme a aquéllos que sí sabían tomar decisiones. Bueno no es que yo tampoco las haya tomado nunca, aunque quizá me este contradiciendo porque acabo decir que sí. Bueno, no sé.
Pero ahí estaba ella pidiéndome lo que nunca me iba a pedir nadie. Y sólo por 25 pavos. ¿Y si no se me levantaba? Todo el mundo se reiría, lo que por otra parte no estaría tan mal porque me gusta ver a la gente contenta. No lo iba a hacer. Había muchas otras cosas que hacer en ese sitio. O igual sí.
No alcanzaba a ver a casi ninguno de los asistentes que había en el recinto. Todo estaba muy oscuro. Y olía a semen. Olía a semen como nunca antes en mi vida había olido. Y me sentía sucio. Bueno, no, me gustaba. Y me gustaba porque sabía que aquellos a los que no conseguía ver la cara eran como yo. Seguramente se parecerían mí, con mi peinado, mi camisa, mis pantalones de pana, mis mocasines.
Y entonces pasó. Levanté la mano decido a ser el primer miembro de la “bukake”. Todo el mundo me miró, o por lo menos eso me parecía, y sentí la responsabilidad sobre mis hombros. Yo iba a liderar la “bukake” y todo el mundo seguiría mis indicaciones.
Pero no hubo tal “bukake”. No salieron más voluntarios. Lo sentí como uno de los mayores fracasos de mi vida. Ya me lo decía mi abuela “aspiraciones muy grandes sólo llevan a frustraciones” La tendría que haber oído mejor. Ella siempre tenía razón. Aunque no hubiera imaginado, que en medio del territorio Fabrik, cerca de los urinarios, me iba a encontrar con el párroco de mi barrio. El mismo que domingo tras domingo escuchaba sus confesiones.
A. Nieto
La croaca, 28 de junio de 2008
jueves, 19 de junio de 2008
Javier Marías defiende la invención como fórmula para contar verdades

Léelo pensando que estás encerrado en una caja opaca junto a una botella de gas venenoso, una partícula radiactiva con un 50% de probabilidades de desintegrarse y un dispositivo tal que, si la partícula se desintegra, se rompe la botella y por tanto mueres. Considérate vivo y muerto al mismo tiempo.
Cuando llegué a mi casa en la calle Santa Mónica, advertí que había algo escrito en la pantalla del ordenador. Era un texto en formato word, muy corto:
Lo peor de todo no era estar encerrado en ese agujero sin una gota de luz. Lo que realmente me asustaba era el hecho de que todo lo que estaba sucediendo fuera, estaba pasando sin que yo me enterara, sin que yo pudiera intervenir. Pensé en algún momento que conforme pasara el tiempo acabaría acostumbrándome a esa situación, que, con certeza, yo mismo había provocado.
Esas palabras se me quedaron grabadas en la mente y no era capaz de averiguar si había sido yo el que las había escrito. Igual era el primer párrafo de algún cuento, o quién sabe si de una novela. O igual sólo era un documento que había cortado y pegado porque me había llamado la atención. Sin duda, lo que realmente me inquietaba era que no era capaz de recordar si yo era el responsable de aquello. ¿Y si alguien había entrado en mi casa, pasado a mi cuarto, descalzado de sus sucias zapatillas y había empezado en mi ordenador —al que accedió con mi clave— una historia, una crónica, algo de lo que había sido testigo?
No miento si digo que se trata de una sensación agobiante. Claustrofóbica. No saber si algo está escrito por ti o por otro. Quizá fuera alguno de mis amigos que en algún momento tecleara en mi ordenador esa historia que ahora resultaba casi biográfica. Yo era como esa persona que estaba encerrado en ese agujero. No poder discernir entre las cosas que hago y las que hacen los demás induce que no pueda hacerme cargo de mis actos y conducir sus consecuencias, o disfrutarlas. Podría plantearme no escribir nunca más. Encerrarme en mi cabeza y guardar los pensamientos para que siempre sea consciente de que son míos. Puedo vivir así hasta que consiga ordenarlos todos; o incluso catalogarlos. Una biblioteca craneal en la que cada elemento llevara mi firma.
La croaca, 19 de junio de 2008
miércoles, 11 de junio de 2008
Villa hace soñar a España en la Eurocopa
Léelo escuchando el sonido de una radio estropeada.Tenía esa sensación que sólo le causaban pocas cosas en su vida. Ni siquiera recordaba cuáles. Entre resoplos y medias sonrisas Félix iba ocupado en la tarea que le acompañaba todos los días, a todas horas, hasta cuando dormía. Tenía que estar en Córdoba a las 11 de la noche y el partido acababa de terminar. No se podría decir que le quedara mucho tiempo en la carretera, ni siquiera mucho camino por hacer. Ya no había horas, ni existían caminos.
Giraba la ruedecilla que le llevaba de una voz a otra. El viejo aparato que vigilaba la palanca de marchas del viejo Pegaso del 98 apenas alcanzaba a sintonizar cinco o, si acaso, seis estaciones de radio. Y parece ser que no le gustaban las voces femeninas, o eran estas las que no se dejaban coger por el anciano cacharro. Aunque esta vez eso tampoco importaba demasiado: España había vapuleado 4-1 a Rusia.
Apenas había automóviles en la carretera que se iba apagando conforme llegaba la noche. Las luces de las estaciones de servicio empezaban a parpadear. Félix respondía guiñando con el mejor de sus ojos y ese día con la mejor de sus sonrisas. Era lento (el camión, no el viejo del 48), pero hoy España había jugado un gran partido.
Uno de los carteles que Félix pensaba que brillaba sobre los demás decía algo así como “Bibiana Beach Cocobongo”, y una joven verde roja y amarilla movía sus manos saludando a todo aquel que pasaba por ese tramo de carretera. No se olvidaba de ninguno. Félix le correspondió poniendo las largas (las del camión, y no las del viejo) y siguió con su sonrisa, esta vez con la boca completamente abierta. Y es que la selección había jugado como nunca.
Decidió entonces hacer algo fuera de lo común. Arrimó su Pegaso al arcén y dejó que Bibiana subiera al camión. Sin decir nada la joven subió los grandes escalones que conducían a la cabina y se sentó en el lugar del copiloto. A Félix se le iluminó la cara que ahora era verde, roja y amarilla, y Bibiana seguía repitiendo el mismo gesto de saludo con su mano derecha y brillando como antes. Esa sensación inusual no lo había abandonado. Agarraba el volante con mucha fuerza hasta que las manos le patinaban del sudor. Acariciaba la palanca de cambios palpando la bola que envolvía con sus trabajadas manos. Juntaba las rodillas, y hacía lo mismo con los codos que los estampaba contra sus costados. Bibiana, con el mismo movimiento con el que saludaba a los conductores, agarró la polla de Félix y comenzó a masturbarle. Ahora la sensación que tenía era esa que ya había olvidado hace mucho. Pero es que España había hecho un partidazo. Y ya no hacía kilómetros porque no había camino, ni llegaba tarde o temprano porque no existían horas.
A. Nieto
martes, 3 de junio de 2008
El yoga convierte a los soldados en máquinas de matar

Léelo realizando la posición de loto (padmāsana). Y escucha el silencio más lejano.
Con la pierna rodeando su propio cuello, la cara enrojecida del esfuerzo, dándome como siempre una lección “necesaria”:
“No puedes permitir que turben el camino”
El sentido no lo entendía. Seguía con mis estiramientos mientras cerraba los ojos. Llevaba unas semanas en las que todo me pesaba menos, incluso yo mismo. No me costaba ni siquiera levantar mi propio cuerpo y dejarlo caer cuando me pareciera. Le seguía dando vueltas a lo de mi cometido, que sería desvelado en las próximas dos semanas. Todos estábamos allí por algo. Todos encaminados a conseguir esta unificación de la razón y el cuerpo. Todos obligados a la no trascendencia. A no ser materia.
Desde que había aprendido mi primera āsana mi cuerpo había experimentado algunos cambios. Mis brazos se habían vuelto largos, lo que me permitía recoger cualquier cosa del suelo sin ni siquiera inclinarme, mi cuello había ganado unos centímetros más, lo que hacía que mi cabeza se tambalease —la solía dejar reposar sobre mi hombro— y mis piernas habían ganado en elasticidad, lo que no siempre me permitía tenerme en pie. Me caía constantemente, y mi cuerpo deforme no me dejaba hacer una vida normal. Pero todo iba a tener una explicación. Me veía cerca de la liberación, o así me lo quería hacer ver Gurdev. Si nosotros conseguíamos esa liberación, nos encomendarían transmitirla al pueblo. Tenía sentido. No más guerras. No más violencia. Encauzar a nuestra gente por el camino de la razón y de la paz.
A. Nieto
La croaca, 03 de Junio de 2008
domingo, 25 de mayo de 2008
A la caza del 'shangaan'

Lee esta entrada escuchando: Air- Run
Y luego corre .
Fuente original: A la caza del 'shangaan'
(Tiene los ojos hundidos en unos mofletes llenos del sudor y odio. Una mirada anfibia que te recorre de abajo arriba. Lleva bigote. Lo cuida. Todos los días lo perfila para que su frondosidad y estilo recuerden a aquellos años en los que sí mandaban los valores. El cuello del polo impecable, salvo por los restos de caspa que se confunden con el blanco lavado a mano de su señora. El primer botón del polo desabrochado deja entrever los pelos rizados que emanan de su pecho, también pulverizado por partículas de caspa. La barriga nos evoca el buen jamón, y los buenos banquetes. Hay mucho dinero en ese estómago. Antes de llegar al ombligo se vislumbra la hebilla del cinturón marrón con rombos verdes que evitan la caída de su barriga. Unos pantalones de pana hacen de puente entre el mundo y los testículos, esos que no olvida colocarse para darle firmeza a sus pasos. El bolsillo trasero guarda, junto a su imagen del cautivo, los cinco o seis billetes de cien euros con los que acude al estanco a por sus puros. No lleva cartera, porque entonces no se vería el color de sus vergüenzas. Unos ejecutivos permiten que el pie se deslice por el hueco de sus náuticos.
Compra el periódico todas las mañanas, aunque hace tiempo que no se siente a gusto con un diario. Ya sólo se preocupan por nimiedades: negros y maricones. Le compra el pan a la Lola, esa de las tetas enormes. Se toma su cerveza en el bar de Juan, con el que ha ganado muchas Champions. De repente suelta la cerveza y escupe. Cómo le ha podido fallar Juan. Ya no se puede sentir en su país ni en el bar de siempre. ¡Ni Hassin ni hostias! ¡Yo no bebo de una jarra donde haya puesto los dedos un negrata! ¡Sólo vienen a robarnos y a quitarnos nuestro trabajo!)
La Croaca, 25 de mayo de 2008
Anfibios
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